LOGO ASEMEC FONDO BLANCO

Síguenos en: logo facebook2

Chantaje emocional: la manipulación perversa.

Chantaje emocional: la manipulación perversa.

El chantaje emocional está siendo estudiado sistemáticamente por las consecuencias nefastas que tiene sobre la víctima. Éstas oscilan entre desajustes de tipo físico, dolencias y enfermedades crónicas, hasta desequilibrios importantes de tipo psíquico que pueden llegar hasta el suicidio.

Se desarrolla en tres fases: Seducción- Dominio- Destrucción. Siendo un proceso tan bien orquestado que la víctima ni siquiera se da cuenta de lo que ocurre hasta que es demasiado tarde. El comportamiento perverso del manipulador no proviene de un trastorno psiquiátrico, sino de una tendencia a considerar al otro como un simple objeto; la mayoría de ellos utilizan su encanto y sus capacidades para abrirse camino en la sociedad dejando tras de sí personas heridas y vidas devastadas. Son capaces de mostrarse como víctimas en su entorno, hasta que finalmente dan la cara. Se trata de depredación en toda regla pues su fin es apropiarse de la vida de otro, un asesinato psíquico que deja indefensa a su víctima y sin herramientas para defenderse. La víctima, seducida por su agresor, realmente no tiene conciencia de la existencia de esta violencia subterránea, e incluso duda “¿No seré yo quien inventa todo esto, como algunos sugieren?”. Es una violencia que tiene lugar en el ámbito privado y que tiende a atacar la identidad del otro y a privarlo de toda individualidad.

La víctima lo es porque ha sido designada por el perverso, siendo inocente del crimen por el que va a pagar y a quien la gente contempla como cómplice de la agresión que recibe. En la fase de seducción, el manipulador se muestra encantador, comprensivo y generoso. En realidad está recogiendo datos sobre su víctima: sus puntos débiles, quizá traumas de la infancia, una educación basada en la sumisión. Al final, el depredador sabe muy bien dónde golpear para conseguir lo que desea de su víctima, que suele ser una persona ingenua, vital, compasiva y con valores de los que el perverso carece. La fase de dominio se despliega después en toda su crudeza, pues la víctima, envuelta en la tela de araña que el depredador ha tejido para ella, ni siquiera puede ni sabe defenderse: es presa de sentimientos como el miedo o la culpa, asumiendo como merecido todo castigo que el perverso descargue sobre ella. Incluso debe hacer frente a la patologización que escucha: “estás loca, eres irresponsable, malvada, vengativa…..” El dominio sume a las víctimas en la confusión: no se atreven a quejarse o no saben hacerlo. Es como si estuvieran anestesiadas, perciben dificultades para pensar, empobrecimiento psíquico y una amputación de su vitalidad y su espontaneidad.

La manipulación funciona tanto mejor cuanto que el agresor pertenece al círculo de confianza de la víctima: su padre o su madre, su cónyuge o su jefe. La víctima muestra su capacidad de perdonar, comprender, justificar lo injustificable, con tal de mantener la relación perversa, desistiendo de su derecho a rebelarse. Llegado este punto el agresor se siente frustrado, el juego deja de ser estimulante puesto que la víctima se convierte en un reproche viviente, pone de manifiesto sus propias carencias, lo que le lleva a odiarla aún más. Entra de lleno en la fase de destrucción, pues la víctima no es más que un objeto para el manipulador, y entonces la violencia se hace explícita: agresiones físicas, separaciones cargadas de resentimiento con juicios interminables, amenazas, extorsión, etc. El terror se hace presente.

En esta fase, la víctima está permanentemente en vilo, pendiente de una mirada, un gesto tirante o un tono glacial de su agresor, que enmascaran la violencia que éste no expresa. Temen su reacción, su tensión y su frialdad cuando no hacen lo que se les pide, también temen las observaciones hirientes, la ironía, el sarcasmo y el desprecio.

Tanto si la víctima se somete como si no, se equivoca, pues el acosador las hará responsables en público y en privado de todo lo que no funciona en su relación.

Con el fin de eludir la violencia, las víctimas suelen mostrarse cada vez más amables y conciliadoras, con la esperanza de transformar ese odio en amor. Pero no sirve de nada porque, cuanta más generosidad se ofrece a un perverso, tanto más despliega su capacidad para desestabilizar. Siendo benévolos le mostramos hasta qué punto somos superiores a él, lo cual reactiva su violencia.

Si por el contrario se le muestra odio como respuesta, el perverso lo utiliza como justificación: “Yo no la odio, es ella la que me odia a mí”.

Hasta tal punto las víctimas ignoran su condición que cuando acuden a terapia lo hacen porque sienten malestar psicológico, quizá depresión o ansiedad, o quizá trastornos de tipo físico como taquicardias, ahogos, disfunciones digestivas, o del sistema endocrino.

Es necesaria una educación en el respeto desde la infancia, es necesario poner límites a la perversión y la falta de escrúpulos. La historia nos muestra individuos en el poder que no asumen sus responsabilidades, que falsean la realidad, atribuyen a los demás los desastres que provocan y se presentan luego como salvadores, borrando así las huellas de sus fechorías. Empecemos pues a cambiar desde la esfera de lo personal.

Ábrete Sésamo